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Seminario sobre Paz, Seguridad y Desarrollo en América del Sur

Reflexiones del Cardenal Juan Luis Cipriani Thorne
Sobre la Doctrina Social de la Iglesia
Lunes, 28 de febrero del 2011
Seminario Internacional Paz, Seguridad y Desarrollo en América Latina

Mi saludo a Su Excelencia y querido amigo Monseñor Marcelo Sánchez Sorondo, Canciller de la Pontificia Academia de las Ciencias Sociales y el Señor Ministro de Relaciones Exteriores. Saludo la feliz coincidencia de tener a nuestro lado a don Javier Pérez de Cuéllar, presidiéndonos con tanta generosidad en esta mesa. Al dirigirme a esta distinguida concurrencia, quiero solo formular unas breves reflexiones. 

Como sabemos, las enseñanzas de la Iglesia han puesto de manifiesto la estrecha relación que hay entre la promoción de la paz y el desarrollo de los pueblos. Por ello me permito señalar, por contraste, que el armamentismo es un atentado contra la paz y contra el desarrollo de los pueblos. El cristianismo -y su doctrina- es esencialmente un camino de preparación del hombre respecto de su destino eterno. Busca el crecimiento de la persona y de la sociedad, en su dignidad; y, al mismo tiempo, señala la vía para alcanzar, con su doctrina social, la vocación trascendente de la persona. 

Un presente meramente prolongado es una falsa inmortalidad, un contrasentido y, en el fondo, un imposible, pues el presente necesita siempre una garantía distinta de él. El presente es hacedero mientras el futuro permanece abierto. Si el futuro desaparece el presente desfallece, no es vivible y, por eso, cuando hablamos de desarrollo, de paz, de seguridad, estamos hablando de modos de ofrecer un mejor futuro. 

En este marco conceptual del Seminario por la Paz, Seguridad y Desarrollo de América Latina, encuentro dos dificultades que podrían hacer ineficaces los diversos esfuerzos de unos y otros.

En primer lugar, la pretensión de algún país o grupo político de pretender establecer ese camino por sí solo. Por otro lado, podríamos también encontrar la dificultad de una actitud de pacifismo estéril, que esconde un conformismo o un acomodamiento. Si se evitan estos dos escollos, veremos cómo el contorno social tensa el ánimo, cómo la paciencia purifica las intenciones, cómo toman cuerpo los ideales que, de otro modo, podrían desenfrenarse; o se podría caer en esa utopía de los mesianismos que han resultado tremendamente dañinos en la historia de nuestra región. Estos mesianismos utópicos siguen enarbolando su deseo de salvación, tantas veces imitando los graves errores ocurridos en el pasado en las regiones más desarrolladas y, otras muchas veces, son arrastrados por el mercado de las armas y por la presión económica de las regiones más desarrolladas.

La vida actual nos presenta situaciones sociales, políticas y económicas nuevas. Hay que tener el coraje de describir y de aceptar que son situaciones nuevas. Por lo tanto, el desafío de esta generación -y de la Iglesia- es generar ese nuevo orden, que incluye una estructura social, política y legislativa que permita acoger lo nuevo en lo que tiene de positivo: a la paz, la seguridad y desarrollo del ser humano; y, también, tenga la claridad de mente, para descartar aquello que se pretende sembrar como novedad siendo solamente un empobrecimiento. Esta es la meta que se propone la humanidad y, paradójicamente, encontramos una dificultad para avanzar de manera clara en la conformación de este nuevo orden.

Se me ofrece la ocasión de proponer en este Seminario, de manera muy sintética, tres agentes de este cambio, de esta novedad, de este nuevo orden que, por sus cualidades, por su solidez y por su capacidad de ser estructuras «estructurantes» pueden ser útiles al momento de mirar estos nuevos desafíos. Me refiero a la familia, la empresa y la universidad. En estas tres instituciones se concentra una energía social capaz de acoger, purificar y lanzar a la humanidad en este siglo XXI. Eso sí, estas tres instituciones se deben relacionar de una manera adecuada, sin perder ninguna de ellas su identidad ni su propia naturaleza, pues de esa manera serán útiles en este planteamiento.

Me parece que estamos asistiendo a una época en la que se imponen ideas que, para decirlo de manera coloquial, son ideas que no tienen ni padre ni madre. Son ideas que fácilmente se convierten en slogans y que se van imponiendo de una manera anónima, en una agenda mundial que empobrece y que está generando serias confusiones sobre el futuro desarrollo de la humanidad. Me refiero a agendas que, con vocabulario sofisticado, proponen el aborto; en nombre de una igualdad, proponen la «ideología de género»; en nombre de unos derechos nada claros, distorsionan la institución del matrimonio, hablando de uniones de hecho y, en nombre de una falsa pluralidad, desarrollan una intolerancia religiosa inaceptable. Por ello, es hora de escuchar la voz de Juan Pablo II y de Benedicto XVI, quienes nos llaman a promover un nuevo humanismo integral, que se apoye en el respeto a la ley natural, que no es otra cosa que esa gramática que permite leer y entender quién es el hombre, que permite leer y entender qué es la creación; en resumen, que permite recuperar lo que viene ser la llamada cuestión antropológica, como observaba Juan Pablo el Grande .

Sin ser profeta de desgracias, afirmo que el mundo está ante un grave peligro en esta actual sociedad relativista que desafía la paz, la seguridad y el desarrollo de los pueblos. La paz corre el riesgo de ser considerada exclusivamente como un simple fruto de acuerdos entre gobiernos o iniciativas tendentes a asegurar ayudas económicas. Es cierto que la paz necesita de esa red constante de contactos diplomáticos, intercambios económicos y tecnológicos, encuentros culturales. Evidentemente es así, pero para que esos esfuerzos produzcan efectos duraderos es necesario –y lo acaba de recordar el señor Presidente de la República– que se sustenten en valores fundamentados, en la verdad de la vida. Es preciso escuchar la voz de las poblaciones. El desarrollo y la paz serán imposibles sin hombres, sin líderes rectos, sin operadores económicos y agentes políticos que sientan fuertemente en su conciencia la llamada al bien común. La dimensión ética debe recuperarse sin temor.

Una última reflexión. El desarrollo está relacionado con la influencia cada vez mayor de los medios de comunicación social. Es casi imposible imaginar ya la existencia de la familia humana sin su presencia, pues, para bien o para mal, se han introducido en la vida del  mundo. Nos dice el Papa Benedicto XVI, que parece realmente absurda la postura de quienes defienden su neutralidad y consiguientemente reivindican su autonomía con respecto a la moral de las personas. Muchas veces quienes enfatizan la naturaleza estrictamente técnica de estos medios, favorecen de hecho su subordinación a los intereses económicos, al dominio de los mercados, sin olvidar el deseo de imponer parámetros culturales en función de proyectos de carácter ideológico y político. 

Mas que nunca, expresamos nuestro respeto, nuestra admiración, por el crecimiento tecnológico de los medios de comunicación, pero al mismo tiempo, hacemos un serio llamado a los empresarios de estos medios -y a los empresarios en general- para que estos medios sirvan como vehículos de paz y no vehículos de confrontación. Por ello, estos medios de comunicación deberán poner mayor empeño en la promoción  de la dignidad de las personas y de los pueblos. Deberán expresar la caridad, el servicio a la verdad, al bien y a la fraternidad natural y sobrenatural.

La libertad humana está intrínsicamente ligada a estos valores superiores. Por ello, todos los esfuerzos que se realizan para promover un nuevo orden, un nuevo humanismo integral, una mayor sinceridad y transparencia en las relaciones internacionales, necesitan del apoyo de esa red social y de esos medios de comunicación, para que la comunión de la familia humana y el ethos de la sociedad se conviertan realmente en instrumentos a favor de la paz y del desarrollo.

Felicito a la Cancillería del Perú, a la Pontificia Academia y a todos los actores que hacen posible que este Seminario se realice en estos tiempos y en esta región.

Muchas gracias.

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