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“Permanezcamos junto a los que sufren, para darle fuerza y alegría” PDF Imprimir E-mail

Diálogo de Fe
Sábado, 11 de febrero de 2012
 

Armando Canchanya (AC): Amigos muy buenos días y bienvenidos. El Cardenal Juan Luis Cipriani está con nosotros, ¿cómo está?, muy buenos días.

Cardenal Juan Luis Cipriani (CJLC): El sábado pasado estuve disfrutando de la playa, unos días breves para recuperar las fuerzas.

AC: Ya decía yo en qué momento va a la playa.

CJLC: Fue un pequeño descanso. Y hoy día con tanta alegría recordamos las apariciones de la Virgen de Lourdes en Francia. Ella está muy relacionada a la Jornada de los enfermos. En el mundo entero, en el día de hoy, hay una oración especial y una cercanía a esas personas enfermas no solo físicamente sino también moralmente; hay enfermedades de soledad, de agobio, de inseguridad, de haber sido maltratados en la honra o perseguidos o gente que está presa. La Virgen de Lourdes se aparece a aquella jovencita que estaba rezando el Rosario. Y cuando se aparece la Virgen María, desde ese instante señala que Ella es la Inmaculada Concepción, recuerda el Rosario que sigue siendo ese signo tan bonito de recordar a María con las Avemarías, y al mismo tiempo saber que en ese lugar de Lourdes aparece toda una cantidad de ayuda a enfermos. Yo he estado en Lourdes y uno ve en la gruta un montón de bastones, de todas las herramientas que la gente ha ido dejando; llegó, se curó y las deja como testimonio. 

Es muy bonito que hoy día nos demos cuenta que hay un valor maravilloso que es el dolor, el sufrimiento; y uno mucho más maravilloso que es el acompañar al dolor. Hay una gran pregunta: ¿Quién sufre más? Quien está enfermo, quien lleva la dificultad, o el amigo, la madre, el padre, el esposo que acompaña, que compadece con esa persona. ¿Quién sufre más? Más sufre quien acompaña en el dolor. La persona que está enferma, postrada en el hospital, tiene una realidad de la cual no se puede separar porque la han operado o está en una limitación física, algún problema, y tarde o temprano tiene que hacerse a la idea de que esa es su realidad. Pero la persona que lo acompaña ve a ese ser querido, él está sano acompañando y al ver el dolor de la persona que uno quiere tanto genera en el alma ese sentimiento grandioso de unión y de involucrarse. Mucha gente tiene miedo, no se atreve a acompañar o a visitar a una persona en el hospital porque le da temor que su fragilidad se vaya a notar o porque se va a desanimar, entonces se aleja o se corre del dolor. Creo que deberíamos todos educarnos en ese gran valor; hay que tener la valentía, el amor y la solidaridad de saber que el dolor es un acompañante frecuente en la vida de todos, no es una sorpresa o una tragedia, es un hecho que nos acompaña en la vida; unas veces en la enfermedad, otras veces en la soledad, en la incomprensión, o en la injusticia; pero que la persona que sufre vea que alguien se une, se involucra y no tiene miedo.

Al padre de familia que tiene un hijo con problemas de drogas o con el alcohol o tiene un hijo rebelde, le digo Involúcrate, habla con tu hijo, sufre junto a tu hijo, edúcalo y algunas veces castígalo, llévalo al médico aunque el tratamiento sea doloroso. Son situaciones que creo que todos hemos tenido esa  experiencia que ante ese dolor ajeno no debemos tener miedo. Saber que ante una mujer, ante un niño, ante un señor de cualquier condición social; jóvenes, acompañen a la gente mayor cuando por algún motivo ya están como limitados o no pueden caminar. La sociedad tiene que ser una sola familia. En Lourdes la Virgen nos anima: Dios siempre está rondando ese mundo del valor del sufrimiento. Por eso, creo que vale la pena la presencia de una persona junto al sufrimiento. 

AC: Me parece interesante que usted mencione eso porque a veces el enfermo no está en nuestra familia, pero está cerca. Aún en esos casos podemos involucrarnos más.

CJLC: Siempre, ante el dolor, lo que más puede consolar y fortalecer a un enfermo es la presencia, porque el misterio del dolor que uno sufre es algo muy íntimo, ahí no puede entrar nadie. El que otra persona te diga, con su presencia y sin hablar, tú eres una persona y yo estoy a tu lado, acompañándote con el silencio y el respeto esta situación. Eso es de una ilusión y esperanza saber que otra persona se interesa por mí en un momento en que yo tal vez no puedo hacer casi nada. Este valor hay que enseñarlo en los colegios, a los chicos no se les puede enseñar que todo es felicidad, éxito y comodidad y centrarnos en unas discusiones a veces inútiles; enseñémosle qué es el dolor, el sufrimiento.

AC: Es parte de la naturaleza humana.

CJLC: Parte que enriquece mucho. La prueba definitiva que una persona da de su valor es cuando se encuentra ante el dolor, ahí surge la paz, la bondad, la serenidad. No hay que ser tampoco ingenuos, a veces también surgen la rebeldía, la cólera, el mal carácter. Tenemos que dar fortaleza al que no la tiene, no con los sentimientos sino con la oración. Y quien sepa: médicos, enfermeras, voluntariado, con la eficacia de la ayuda; cuantas veces un enfermo al recibir una cucharada de sopa de alguien que lo ayuda o al recibir una sonrisa en la mañana del doctor para saber cómo hemos amanecido aunque estemos muy mal, pero el saber que a alguien le interesa cómo amanecí o cómo dormí o que me diga Te veo un poco mejor o que te diga cogiéndote la mano Ten paciencia, poco a poco vamos a mejorar; esa cercanía del dolor es algo necesario para quien está sano, el hombre que está sano y no se involucra nunca, y al revés huye del dolor, es un pobre hombre, se debilita.

AC: Imagino que nuestros oyentes tienen la misma inquietud que yo. Hemos hablado de las relaciones entre personas, pero qué pasa con el dolor que puede ser muy duro o devastador para la familia y Dios ¿entra ahí o no?


AC: Una situación difícil de una enfermedad complicada, a veces sin remedio. Los que no creen dirán: Ahí está, Dios no existe porque sino no permitiría que me pase esto, y los que creen podrían pensar: Me abandonó, ¿por qué?

CJLC: Este gran valor cristiano ha quedado plasmado de manera muy fuerte en la cruz. No tengo una respuesta racional, yo lo que tengo es tal vez una experiencia. Coges ese crucifijo y ese Dios, suma perfección y suma bondad, míralo en la cruz muerto y deshecho y pregúntale ¿Por qué? El mismo Cristo le dice a su padre Dios ¿Por qué me has abandonado? El misterio y la fuerza del dolor es un terremoto dentro del alma de cada persona que sufre. La respuesta es que ese Dios a quien puedes ver cerca o lejos, desde la cruz, te sigue mirando y esperando. Y como decía el Papa Juan Pablo II aquí en el Perú: “Cristo ha elevado el sufrimiento humano a nivel de redención, todo hombre en su sufrimiento puede hacerse partícipe del sufrimiento de Cristo”. 

Si te falta fe, pídesela: Señor, en este dolor y en esta postración o en esta situación tan difícil te acompaño y acompáñame. No es un problema de sentimientos. Creo que hoy la vida humana y la sociedad se ha hecho como muy insensible, uno no quiere ver el dolor porque esa insensibilidad es parte de la manera de pensar que se está metiendo en todos los jóvenes: Estamos aquí para divertirnos, para ganar plata y para hacer lo que me da la gana, y cuando sufro una enfermedad se rompe esa novela o cuando viene, como ahora, la lluvia y me trae abajo la casa, a quién le echo la culpa, evidentemente no vamos a estar resolviendo todo de manera muy espiritual, hay situaciones en las que hay responsables. 

Creo yo que el amor es lo que a uno le da la fuerza para decir Atrévete, anda a visitar a aquel enfermo, anda a perdonar a aquel amigo. Todos tenemos cuadros de situaciones difíciles de explicar, se muere mi esposa o se muere mi hijo o se muere mi hermana y tal vez en circunstancias que no son fáciles o una señora postrada en una silla y ya no puede caminar. La vida sigue, pero esta persona postrada dice Cómo hago yo para seguir cuando en el camino he perdido a mi esposo o a mi hijo o cómo hago yo para seguir si sigo postrado en una silla de dolor. Ahí viene ¿hay o no una vida eterna? Las preguntas de la fe hay un momento determinado en que hay que hacerlas. A un enfermo hay que decirle Ponte delante de la vida eterna que no se agota en la vida física. 

Animo a la gente a que hoy, díganle a la Virgen: Ayúdame, si no tengo fe a ir aceptándola o aumentarla. A la gente sana y buena que están divirtiéndose: Acuérdate y educa a tus hijos y tú mismo a saber que ese valor del sacrificio por los demás, de acompañar al que sufre, de curar al enfermo, de visitar al que está solo, es un valor grandioso y no solo es un proyecto político. La inclusión está bien, pero nace de que en mi alma, en mi propia vida, tengo dentro un amor que incluye al débil, al preso, al herido; es algo que nace en el corazón por amor al prójimo, no puede nacer de otra manera.

AC: Cuando uno recurre a Dios en ese momento difícil, tal vez el último, yo tengo siempre la duda que sea arrepentimiento o fe vale como para que a uno le perdone los pecados o para que uno pueda llegar al cielo.

CJLC: Hay un punto central en lo que has preguntado que es la rectitud de tu intención. Con Dios no se negocia, pero como no va a valer delante de Dios el gesto de cariño y caridad de ayudar a un enfermo o visitar a una persona afligida. Alguien que pierde a su mamá y que le resulta muy difícil seguir adelante en la vida, cómo no va a ser un acto muy bueno el que un amigo vaya a estar con él o a escucharlo o a simplemente acompañarlo; el tiempo lo ayudará a aceptar el dolor, pero mientras tanto alguien me acompaña no para darme ideas ni para decirme teoría. 

Yo conozco, ahora me viene a la mente un pariente que está en una enfermedad progresiva y que, con mucha alegría y mucha paz, recibe y acepta sus limitaciones, pero hay momentos en que como que se le borra todo y dice Esto qué sentido tiene: mis hijas, mi vida, pueden ser momentos o instantes. Si esa persona tiene al lado el apoyo y la compañía de otros habrá quien le diga Ten paciencia, aquí estamos junto a ti, entiendo lo que me estás diciendo, vamos juntos a rezar un Avemaría o vamos juntos a procurar recordar tantas cosas bonitas que hemos vivido; es decir voy a tratar de ayudar a plantearse esa fe, esa eternidad. Pero si está sola y empiezan esos pensamientos de confusión, normales no de falta de fe.

Desde aquí hago un reconocimiento maravilloso a esos voluntarios, hombres y mujeres, que dedican de su tiempo para aliviar el dolor, la enfermedad, la dificultad y acuden; tantas religiosas, recuerdo ahora a las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, qué labor más bonita como estas religiosas atienden a esos ancianos con tanto cariño; o las Camilas en ese Hogar de Acogida Santo Toribio de Mogrovejo donde tanta gente y sencilla, pero eso está invadido por la luz de Cristo. Y una madrecita me decía un día Nos ha visitado Cristo, yo la primera vez no le entendí y me llevó a visitar a aquel hombre que había entrado ese día y me lo mostró, era un hombre enfermo, bastante abandonado por la familia, para ellas las había visitado Cristo y tenían que poder atenderlo para aliviar sus dificultades y su soledad, con la oración y con la palabra.

Pensemos en tantas situaciones que simplemente por unos instantes tratamos de aliviar de algún modo. Desde aquí, a esas religiosas y a tanto voluntariado, sepan que la Virgen los bendice y acompaña, y a tanta juventud. Los valores: el agradecimiento, la alegría, el trabajo, la honradez, el orden, la puntualidad y el sufrimiento. Enseñemos desde siempre a los hijos a atender a sus padres y abuelos, enseñemos a la juventud a visitar a los ancianos y enfermos, yo creo que es una escuela de amor, pero hay que involucrarse, hay que darle esa fuerza y al mismo tiempo mirar la Pasión de Cristo, hay que lucharla. Dios te acompaña, te bendice. 

Mañana en la Catedral tendremos esa Jornada por el Enfermo donde administraremos el sacramento de la Unción de los Enfermos a un buen grupo de personas mayores. A todos los que tiene algún dolor en el cuerpo o en el alma que la Virgen los visite y los alivie. Una bendición para toda la familia, especialmente a quienes se sienten solos, atribulados, enfermos o en la cárcel, que Dios los bendiga y la Virgen los acompañe.

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