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Homilía en Fiesta del Señor de la Divina Misericordia PDF Imprimir E-mail

Homilía del Cardenal Juan Luis Cipriani Thorne
Domingo, 15 de abril de 2012
Fiesta del Señor de la Divina Misericordia
Basílica Catedral de Lima

Muy queridos hermanos en Cristo Jesús.

Hoy la Iglesia celebra el segundo domingo de Pascua, y Juan Pablo II estableció que en esta ocasión se conmemorara al Señor de la Divina Misericordia. 

El domingo pasado era la Pascua de Resurrección, la Iglesia nos mostraba una manera de ir por la vida con alegría y con la confianza de que el bien ha vencido al mal. Y para que esto no sea algo pasajero nos va recordando, a lo largo de estos cincuenta días, un ambiente de alegría y paz interior. Por ejemplo, la alegría que uno tiene cuando está en contacto con el bien, cuando uno siente que el bien está en su alma, el bien está en su familia y en sus pensamientos.

Entonces la alegría es una señal; pero, una alegría que solo se compone de ruidos es una alegría muy pasajera, casi un engaño para tratar de salir de mis problemas con el ruido.

Hoy quisiera comentar este pasaje del Evangelio en el que nos relata San Juan: “Estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. Y en eso entró Jesús, se puso en medio de ellos y les dijo: Paz a vosotros, y diciendo esto les enseño las manos y el costado. Los discípulos se llenaron de alegría y Jesús les repitió: Paz a vosotros, como el Padre me ha enviado así también os envío yo”.

¿Qué quiere decir esta paz del Señor? Porque lo primero que les dice cuando se encuentran con ellos es “Paz a vosotros”. Algunos pueden pensar que la paz es algo que viene solo, como una especie de casualidad. En el fondo consideran que la paz es la ausencia de problemas.

Esa paz no existe hermanos; no es la paz de Cristo. Porque cuando Jesús les dice paz a ustedes, dice aquí: le mostró las manos y el costado; es decir les mostró cómo le había costado la paz con las heridas de la cruz en las manos, con la lanza en el costado, le viene a decir “esta paz que yo les doy ha tenido un precio muy alto que es el dolor de mi vida”. Es una paz que ha sido consecuencia de una lucha muy grande contra el mal, pero nosotros a veces queremos una paz gratis, yo quisiera distinguirte para que entiendas: hay una paz interior y hay una paz exterior.

La paz interior es esa entrega que Dios te hace, es esa presencia de Dios en tu vida, es esa amistad con Jesús. Y entonces cuando uno tiene a un amigo como Jesús, tiene una presencia por los sacramentos con Cristo, uno tiene una vida unida a Cristo. Entonces, el Espíritu Santo te da un ambiente interior de paz, serenidad, paciencia y calma. Pero para eso has tenido que dejar el pecado, has tenido que dejar de lado tu egoísmo, tu envidia, tu cólera, tus malos pensamientos, tus deseos de impureza, tu soberbia. 

Entonces para lograr esa paz interior hace falta una lucha interior, el enemigo no esta afuera, está dentro. Está en esa soberbia, en ese egoísmo, en esa impureza y todos tenemos que luchar todos los días para no dejar que el demonio haga su lugar en mi alma, porque cuando entra el demonio todo es guerra, todo es mentira, todo es violencia, lo veo todo oscuro y no tengo paz.   

Por eso le pido al Señor entra en mi alma, quita estas preocupaciones, quita estos problemas, pon en mi alma mayor amor por mis hijos, por mis padres, pon más ilusión por mi trabajo, enséñame a comprender a los demás; quita lo que impide que la paz esté en mi alma. Hermanos, cuando cada uno de nosotros es un discípulos de Cristo entonces es un misionero de la paz. 

Y esa paz exterior, San Agustín la define de una manera muy breve como: “La paz es la tranquilidad en el orden”. 

Esa paz exterior, la tranquilidad, el respeto mutuo, el poder convivir como hermanos, el saber respetar las leyes, las normas, el tener unos derechos y unos deberes, el buscar la verdad y la justicia; pero todo esto hermanos surge cuando yo tengo la paz interior. Entonces puedo buscar sembrar esa tranquilidad porque yo la tengo y por donde paso procuraré hablar de la verdad, del bien, del perdón, de la justicia, de la solidaridad y del dolor porque con esa paz interior uno va sembrando esa tranquilidad; pero al mismo tiempo también tengo que denunciar cuando veo alguna situación que no es de orden. 

Cuando uno ve que no hay orden, no puede haber tranquilidad. Si paso por una esquina y me tiran una piedra no puedo estar tranquilo; si yo voy por la calle y me roban el dinero no puedo estar tranquilo; si yo trabajo en una empresa y me secuestran no puedo estar tranquilo.

No nos engañemos, esa tranquilidad de la paz social requiere de luchar para lograr el orden, no todo es solamente diálogo, también se respetan las leyes. Una sociedad si quiere ser justa, una sociedad si quiere progresar tiene que ser institucional; es decir, debe respetar las diferentes instancias. La Alcaldía da cuenta de sus actos, la Iglesia da cuenta de sus actos, la directora de un colegio da cuenta de sus actos, el presidente de un club deportivo da cuenta de sus actos, los periodistas dan cuentan de sus actos, el papá y la mamá dan cuentan de sus actos, es decir somos un cuerpo.

Por eso hermanos cuando el Señor nos dice “paz a ustedes”, en primer lugar me está diciendo: lucha contra el pecado que se viste de egoísmo, de carne, de abuso, de mentira, de incomodidad, de injusticia, lucha dentro de tu alma primero y luego siembra esa paz. Si solamente reclamo mis derechos y no me acuerdo de mis deberes no habrá tranquilidad nunca.

Hermanos, cuando San Agustín nos dice que “la paz es la tranquilidad en el orden”, cuando Jesús nos dice “paz a ustedes”, seamos sinceros. Los que quieren luchar por la paz, que en su vida primero haya paz interior. Pero quien es una persona injusta y abusiva en su hogar, en su trabajo, quien no paga lo que debe, quien va por el camino de la coima o quien pretende chantajear a los demás, cómo vamos a pensar que va a llevar paz, ¡mentira!

Por eso qué importante es saber que la fe católica nos enseña a vivir de una manera que no son puras palabras. Todo el mundo se llena la boca de “paz”, de “diálogo” y que vemos: inseguridad, asaltos, violencia, robo. No podemos ser una gente con doble vida. Falta sinceridad y honestidad empezando por quien dirige y terminando en el último.

Por eso también en estos días nos hemos alegrado con dos hechos muy diferentes. El primero es la ayuda que todos han prestado a ese grupo de hermanos nuestros en una mina. Ese apoyo de todos trajo la alegría y la paz a un grupo de familias.

Pocos días después nuevamente en un acto de violencia terrorista, la valentía y el servicio de hermanos nuestros de las Fuerzas Armadas y Policiales han conseguido también recuperar las paz para un grupo de familias, pero al costo alto de dar sus vidas. No seamos “comodones”, mirando desde lejos cómo unos peruanos matan a otros peruanos y nosotros seguimos en esa comodidad de la vida diaria.

Tenemos que promover esa cultura de  la paz, no con palabrerías, obedeciendo a la ley, cumpliendo con nuestros deberes familiares, escolares, deportivos y políticos. Cumpliendo esos deberes podemos exigir los derechos. Pero no nos llenemos la boca de paz y diálogo cuando está la mentira, la violencia, el abuso, la falta de honradez y sinceridad. Nos gusta mentir mucho para quedar bien pero quedamos muy mal porque no hay paz en el interior, el mentiroso puede tener mucha imagen pero tarde o temprano la mentira aparece.

En este domingo de la Divina Misericordia, Jesús en ti confío, danos siempre en nuestros corazones esa paz interior para luchar contra el pecado, siembra en nuestro país esa cultura de paz que viene de dentro de cada uno y que se proyecta a las leyes y a las instituciones. 

En estos días estamos celebrando el cumpleaños del Papa Benedicto XVI, el día de mañana, y tres días después su séptimo aniversario de la elección. Recemos por el Papa como buenos hijos, pidámosle al Señor que lo proteja, lo fortalezca, que seamos realmente una familia y que Jesús no tenga que decirte como a Tomás: “No seas incrédulo sino creyente” y Tomás le contesto: “Señor mío, Dios mío”, que bonitas palabras. 

Jesús le dice: Porque me has visto has creído; más bien, dichosos los que van a creer sin haber visto. ¡Nosotros! 

Nos dice Jesús: Felices porque ustedes han creído sin haber visto ni los huecos en la mano ni en el costado. Hermanos, esto ha sido escrito para que crean en Jesús y para que creyendo tengan vida en su nombre, que esa paz ilumine nuestro país, nuestros hogares; pero, haz lo que está en tu alcance, todo el mundo habla de la paz como si hay que conquistar en la Selva, hay que conquistar la paz en esos lugares de terrorismo, no. 

Hay que conquistar la paz en mi corazón, en mi hogar, en mi trabajo, en mi manera de conducir el carro, en mi manera de cumplir mis deberes en mi trabajo, mientras no haya toda esa pirámide que empieza en millones de peruanos, no lograremos esa cumbre que es ese don de la paz, no te dejes engañar es muy fácil pronunciar la palabra paz pero detrás de muchas palabras de paz lo que hay un cinismo, un pacifismo, la gente quiere que le regalen la paz sin esfuerzo, esa paz es puro sueño, no es verdad.

Vamos a pedírselo a la Virgen María, Reina de la Paz, Madre mía ilumina nuestros corazones, fortalece nuestra mente, haz que este país camine en paz el desarrollo cerca de tu hijo Jesucristo.

Así sea.

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