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Homilía en la Misa de la Cena del Señor PDF Imprimir E-mail

Homilía del Cardenal Juan Luis Cipriani Thorne
Jueves, 05 de abril de 2012
Misa de la Cena del Señor
Basílica Catedral de Lima

Excelentísimo Señor Nuncio Apostólico, Mons. James Patrick Green.Excelentísimo Monseñor Raúl Chau, Obispo Auxiliar de Lima. Queridos sacerdotes concelebrantes. Muy queridos religiosos y religiosas.Hermanos todos en Cristo.

Hoy al celebrar la Iglesia, la misa en la Cena del Señor comienza el Triduo Pascual. El Triduo Pascual nos recuerda y renueva esa alianza del Creador, primero con el pueblo escogido al sacarlos de Egipto en esa Pascua judía. 

Luego, esa alianza a través del mismo Cristo en medio de esa Pascua hace algo tan especial, ya no es el cordero del sacrificio, sino su propia vida. Por eso hoy en el mundo entero recordamos esa Última Cena, es el día más adecuado para que la Iglesia entera se ponga de rodillas ante el misterio de la Eucaristía.

Este misterio de la Eucaristía, del cuerpo y la sangre de Cristo está unida de una manera total con la Pasión, con la Muerte y la Resurrección de Cristo. Ocupa en estos días nuestros pensamientos y nuestros corazones. Él sabe que ya en esta Última Cena empieza ese momento misterioso, Sagrado en el que va a darnos su vida para salvarnos del pecado.

En el mundo de hoy, ¿dar la vida por amor, salvar del pecado tiene sentido? Todavía en la mente de nuestras familias hay espacio para conmovernos. Señor qué amor más infinito, cómo puede haber en el mundo de hoy ante este misterio de bondad, de amor, de entrega, de total disponibilidad, cómo puede haber en el hombre la soberbia de vivir de espaldas a quien nos ha dado la vida y la familia, quien nos ha dado este mundo maravilloso y que hoy de una forma que no es fácil de explicar nos entrega su Cuerpo para que lo comas, su Sangre para que la bebas. Por eso la actitud de un cristiano de fe es postrarse de rodillas para decirle al Señor “Señor mío y Dios mío”.

Todos los días son buenos, pero hoy de manera especial se llena nuestro corazón y pensamiento. La novedad hermanos está en ese encuentro de cada uno con el amor de Dios, una chispa que nunca es igual, y por eso le pedimos al Señor: Enciende hoy los corazones de millones de personas en el mundo entero, en el mío enciende esa chispa de amor nuevo, esa novedad que Tú pones en mi vida.

Hermanos, si esa chispa de amor se encendiera en los corazones de todos otro sería el mundo, viviríamos en gozo y paz. Jesucristo en el misterio de la Eucaristía ha querido entrar en la historia de tu vida, esta es la hora en que ese Dios infinito, bondad suprema, belleza absoluta, puro amor, ese Dios quiere entrar en tu historia para darle un nuevo color, para calmar tus ansiedades, para curar tus heridas, para llenar de amor todas las relaciones humanas y nos volvemos a preguntar: ¿Cómo podemos estar de espaldas a tanto amor?

Todo esto hermanos nos hace pensar que es ese sacramento de la Eucaristía en el que Dios desciende hacía el hombre, la entrada divina en la realidad humana mediante la Pasión, la Muerte en la cruz. El Hijo de Dios se ha convertido de manera radical en el hijo del hombre, ha compartido hasta el extremo tu condición y la mía, qué más te puedo decir Señor, esta Eucaristía lo que hoy celebramos con tanto gozo, lo que hoy la Iglesia de una manera esplendorosa quiere presentar el sol de la humanidad, la luz de la humanidad, el calor que derrite la soberbia, el orgullo, la ansias del dinero y el egoísmo. El calor de Jesús Eucaristía derrite esa podredumbre que permanentemente nos da vuelta en el corazón, hay que tener una actitud humilde, Jesús límpiame, lávame, confórtame.

Esta comunión hermanos, es una comunión de amor de ida y vuelta, es un amor que Jesús que nos amó hasta la muerte nos pregunta ¿Tú hijo mío, también me amas hasta la muerte? ¿Tú hijo mío, sientes ese deseo profundo de dejarme abrazarte, besarte y limpiarte? Jesús te dice: Déjame entrar en tu corazón.

Hermanos, cuando meditamos en la Eucaristía las palabras se quedan cortas y por eso el Señor nos dice Ese amor a la Eucaristía quiero verlo con tus obras de amor al prójimo, por eso hoy en esta celebración vivimos ese momento de servicio al prójimo, el lavatorio de los pies. Se acuerdan cuando Jesús junto a esos discípulos empieza y llega donde Pedro y Pedro le dice –A mí no me lavas los pies-, un Pedro impetuoso, un Pedro lleno de bondad pero que no a entendido la humildad. Hermanos cuantas veces tenemos que decirle al Señor, no es que yo te quiera es que quiero dejarme querer por ti, quiero dejarme curar por ti, dejemos que ese amor de Dios invada tu alma y entonces verás con que gozo le lavamos los pies, obedecemos, cambiamos de opinión, llevamos en paz las normales dificultades de la vida, esa humildad y ese servicio al prójimo son señal clara del amor a la Eucaristía.

Nos damos cuenta y es un gozo muy grande, nuestro país, ustedes señores periodistas a lo largo y ancho del país recogen esa escena, todo el pueblo de Dios en las calles con sus hijos en el gozo de visitar los Monumentos, bendita devoción la visita a esos Siete Monumentos para decirle al Señor cuanto lo amamos, para presentarle a nuestro hijos, para decirle todo lo que tenga en el corazón, que quieres de mi, y el Señor te lo dará. Por eso cuando de una manera tan bonita vemos esta multitud de gente en todas las calles de Lima y del Perú, cuando vemos que todas las Iglesias con tanto cariño han preparado ese Monumento donde Jesús queda expuesto – aquí estoy -, con los brazos de amor y con  humildad. 

“Señor, tu sabes que te amo”, esas palabras de Pedro son las que nos vienen ahora a la mente. La Eucaristía en cierto modo es esa consumación del amor de Dios que lo veremos hecho realidad mañana en la Pasión y el domingo en la Resurrección. Todo esto es la Eucaristía que de manera sencilla debo recibirla con el cuerpo y alma limpios, no puedo recibir la Eucaristía en pecado grave sería una falta muy grave, siempre bien confesados y con una señal de amor.

Y María, ¿dónde está María?, piénsalo un poco, porque María a lo largo de su vida había escuchado a Jesús muchas veces: “Mamá, llegará un momento…; para esto he venido para morir…; mi padre me ha enviado…”, no resulta nada difícil recordar el momento en que después de la Última Cena, María que probablemente ha estado cerca preparando la cena, está mirando, asomándose, ya llega el momento. Jesús un hijo maravilloso, no es tan difícil pensar, mira a María tal vez la va a buscar, no lo dice los Evangelios, pero esa despedida: “Mamá, tengo que irme, para eso he venido”.

Madre mía, despiértanos, que nos conmovamos con ese amor de tu Hijo, que lo adoremos, Madre mía que nadie abandone a tu Hijo solo. 

Así sea.

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