Muy queridos hermanos en Cristo Jesús:
Vemos en las palabras del Evangelio este consejo que nos da Jesús y que tanto le gustaba repetir a Juan Pablo II “No tengan miedo”; y al mismo tiempo -también decía el mismo Juan Pablo II, recordando una frase de la escritura- que el temor de Dios es el principio de la sabiduría.
Por un lado, nos dice el Señor “No tengan miedo”, por otro lado nos dice “El temor de Dios es principio de la sabiduría”. Tratemos de entender lo que el Señor nos enseña. Quien teme a Dios –dice el Papa- está tranquilo, incluso en medio de cualquier tormenta, porque la misericordia de ese Dios es tan grande que si uno se abandona en sus manos, ese temor filial, es decir el temor del hijo que no quiere ofender a su padre; ese temor que es don del Espíritu Santo ‘don del temor’, el tener ese enorme respeto a nuestro Padre Dios al que temo ofender; ese don me ayuda a vivir cerca de Él, a tener confianza en Él, porque confío en su misericordia ¡pero hay un temor! ¡Él es Dios! No es el temor servil del que tiene miedo al castigo ‘te obedezco para que no me castigues’, ‘no te obedezco por respeto, por amor, por confianza, te obedezco por miedo al castigo, por miedo a lo que me puede pasar’.
Ese temor no es don de Dios, es un temor puramente humano. Entonces, ese miedo que es una dimensión natural de la vida, que puede ser un miedo ante dificultades, ante amenazas, ante problemas que puedas tener; ese miedo se experimenta de mil formas distintas; y ese miedo humano no es ese temor del Espíritu Santo ¡No!, es el miedo de no conseguir un trabajo, miedo de enfermarse, son miedos de la fragilidad humana que no tiene nada que ver con lo que nos está aconsejando Jesús.
Sin embargo, -dice el Papa- hay una manera de tener miedo más profunda que desemboca a veces en la angustia, es decir, cuando mi vida no está unida a Cristo, cuando mi vida no tiene un programa, sino que ve oscuridades, vacíos. Cuando a veces un joven ve que no tiene futuro ni en los estudios, ni en el trabajo, o falta el calor de su familia, se le hace un vacío y tiene un temor interior ‘no se adonde ir, no se que hacer’. La cultura actual muchas veces produce ese miedo, esa inseguridad.
Por eso, cuando uno tiene temor de Dios se acerca mucho a Cristo, porque no quiero ofenderlo, quiero conocerlo, quiero ser su amigo, quiero que me perdone y tengo un temor de respeto, de reverencia, de adoración, un temor que me engrandece; no es el miedo de la fragilidad, sino es el temor de la humildad ‘me siento débil, sé que soy capaz de ofenderte, Señor; sé que soy capaz de incumplir mis obligaciones ¡no me dejes!’. Ese don del temor lleno de respeto, ese don del temor lleno de reverencia, de humildad me lleva a confesarme cuando cometo pecados; ese temor me lleva a buscarlo en la Eucaristía, me lleva a rezar para explicarle, contarle mis problemas, ese temor me lleva a buscar dirección espiritual, consejo.
Y nos dice el Papa ¡ojo! “El que no teme a Dios, ocupa el lugar de Dios, él se siente dueño del bien y del mal, de la vida y de la muerte”. Esa soberbia que nos hace pensar ‘yo no hago mal a nadie, no hay motivo para que tenga dolor, arrepentimiento, yo sé lo que hago’; cuando uno se siente muy seguro de sí mismo, no de Dios dentro de mí, no de Jesucristo dentro de mí, sino de mí mismo; ese yo, ese egoísmo, esa soberbia hace que uno se sienta el dueño ‘yo sé lo que está bien y lo que está mal, no necesito que Dios me lo recuerde, que la Iglesia me lo enseñe’.
Y encontramos que esa soberbia va alejando el temor de Dios y va creciendo el amor propio. Piénsenlo, hermanos, porque es muy fácil caer en ese modo de vivir. Nosotros no nos asustamos, como dice el Evangelio, no tenemos miedo de hablar con la verdad delante de los demás; sabemos que Dios está de nuestra parte, pero queremos cultivar esa humildad que me lleva con frecuencia a examinarme: ¿Estoy haciendo lo que tú quieres, Jesús? ¿Realmente, estás contento conmigo?, y si los remordimientos se encienden ¡medita! Pide perdón, confiésate, haz propósito de enmienda.
Muchas veces, en estos tiempos, vemos a los hombres muy seguros de sus cualidades, la referencia a Dios es de vez en cuando, cuando hay grandes problemas; pero cada uno quiere hacer lo que quiere ¡Sin Dios! Hermanos, el Evangelio de hoy nos anima ‘no tengan miedo a los hombres’, porque no hay nada cubierto que no se descubra, no hay nada escondido que no se llegue a saber. Estamos en la vida eterna, delante de Dios ¡Todo se va a saber!
Por eso, en esta Gran Misión de Lima, vamos visitando, hablando, animando a la gente con la verdad. Cuántas veces se escucha que hombres y mujeres -de todas las edades- viven la oscuridad del ‘no me quieren, no me comprenden, me tratan mal, mis papás me dejan solo, no quiero a mi esposa, mis hijos se van’. Toda una tragedia ¡Por haber abandonado a Dios!
Hoy le hago eco a esas palabras de Juan Pablo II y del Papa Benedicto XVI “No tengamos miedo, pero sí un temor de Dios, que quiere decir ¡Respeto ante la ofensa a Dios! ¡Respeto a la Eucaristía! ¡Respeto a la Iglesia! ¡Respeto a la Casa de Dios! ¡Respeto a la confesión!
Todo esto le pedimos a nuestra Madre Santa María, porque nos ha dicho san Pablo “no hay proporción entre el delito y el don”. No hay proporción, Madre mía, entre todos mis pecados y el regalo del perdón de Jesucristo. Vivamos pues de la mano de Jesús, unidos a María. No tengas miedo, pero sé sincero ¡Abre tu alma!, conoce el pecado para pedir perdón, busca el arrepentimiento un día y otro, no te canses de repetirle al Señor ¡Perdóname, auméntame la fe! ¡Lléname de esperanza, ilumíname, para que sepa siempre vivir junto a ti, Jesús! ¡Siempre! No esperes a decir cuando yo sea bueno, entonces estaré con Él ¡No! ¡Siempre!
¡Todo tiene arreglo en esta vida!, sólo hace falta ser sinceros, acercarse a la confesión, frecuentar la Eucaristía y salir a anunciar esta verdad a todo el mundo.
Así sea.