En esta Eucaristía vivimos una particular comunión de los santos, nos unimos ahora a millones de almas de la Iglesia Triunfante, de la Iglesia Militante que con profundo gozo se dirigen a la Trinidad Beatísima, para darle gracias por la vida santa de este hijo de Dios, san Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei.
También, nos unimos en nuestra oración intensa por aquellas otras almas de la Iglesia Purgante, que han procurado amar a Dios y están purgando sus faltas temporalmente en el Purgatorio. Es muy importante, hermanos, que con la ayuda de la gracia seamos capaces de ponernos en ese escenario, en esa realidad sobrenatural; son millones de almas, jóvenes, ancianos, vivos, difuntos, santos, hombres y mujeres sencillos que a lo largo de su vida lucharon y triunfaron y hoy se unen a nosotros en esta misa de acción de gracias.
Dos motivos de alegría para la Iglesia
Damos gracias al Señor, -también- con palabras de monseñor Javier Echevarría, Prelado del Opus Dei, pronunciadas el día de hoy en Roma, cuando decía que “Dentro de pocos días, el 28 de junio por decisión del Santo Padre, que de este modo quiere celebrar el segundo milenio del nacimiento del apóstol de los gentiles, dará comienzo a un Año Paulino”. Es una ocasión muy especial para meditar la vida y doctrina de san Pablo.
Y también –decía monseñor Echevarría- “Un nuevo motivo de acción de gracias proviene del hecho de que hoy en el Tribunal de la diócesis de Roma se ha clausurado un proceso informativo de la causa de beatificación y canonización del Siervo de Dios, monseñor Álvaro del Portillo. Es sólo un primer paso, pero un paso que nos llena de alegría, pues vemos en el queridísimo don Álvaro, el hombre íntegro, el cristiano auténtico, el buen pastor, el hijo fidelísimo de san Josemaría’.
Son momentos especialmente bonitos, y por ello, también ocasión, de que por intercesión de san Josemaría, cada uno de nosotros haga propósitos personales de mayor santidad, de mayor lucha, de mayor entrega.
San Josemaría puso al alcance de todos el redescubrir la santidad
San Pablo nos dice hoy “A los que aman a Dios todo le sirve para el bien”. Lo que san Josemaría resumió en esta frase “omnia in bonum” (“Todo es para bien”). San Josemaría ha puesto al alcance de todos nosotros algo que parecía reservado para situaciones muy especiales.
La santidad era vista como una vocación muy original, para algunos –casi me atrevería a decir- muy especial. Y nuestro padre quiso que el llamado a la santidad, que desde el primer instante de la Iglesia era parte de ese riquísimo magisterio, se vuelva a descubrir, poniendo como ejemplo a los primeros cristianos. Que así como ellos se llamaban los santos de tal ciudad, te saludan los santos de tal otra ciudad; vivir su misma vida y por lo tanto vivir la santidad de Cristo.
Hermanos, lo importante de todo esto –y ojalá que con la ayuda de san Josemaría lo podamos vivir intensamente- es que hace falta que seamos hombres y mujeres de una pieza, con certeza. Como es que si yo como el cuerpo de Cristo, cómo es que si Cristo me perdona en el sacramento de la confesión; cómo es que si Jesús en la cruz me está llamando, yo pueda ir por la vida tantas veces con cierta flojedad, con cierta ligereza. Se entiende por nuestra fragilidad, pero no se entiende cuando estamos seriamente comprometidos para atrevernos a ser santos.
Aceptemos con valentía el llamado a la santidad
Sólo tomemos en serio la llamada a la santidad. Y sólo lograremos esta certeza y esta convicción sólida, si en lo humano procuramos día a día forjar una personalidad recia, la dimensión humana de nuestra dignidad cristiana que nos ayude en estos tiempos, en que justamente la crisis ataca el ser humano, la naturaleza humana, la misma capacidad de pensar, de perdonar, de trabajar, de quererse; pues, madurando en nuestros afectos, manteniendo un ánimo estable, teniendo una actitud habitualmente humilde: ¡no puedo nada!, ¡valiente en nuestras decisiones!, ¿Temor a qué? ¿Temor, porqué? ¡Alegres, si soy hijo de Dios! Por eso, cada momento de nuestro día pegados al querer de Dios, procuramos ser muy humanos para poder ser muy divinos.
San Josemaría, hombre íntegro lleno de amor y fortaleza
Quienes tuvimos la alegría de conocer a san Josemaría, lo experimentábamos constantemente, no había en él dos corazones; no había en él dos temperamentos, dos personalidades; había un hombre lleno de gozo, de amistad, de cariño, de fortaleza, de inteligencia, de agudeza, de buen humor, que tenía una enorme ilusión por el arte, que se enamoró de la lealtad de los hombres y las mujeres; que sabía querer humanamente como el que más. Y todo esto, al mismo tiempo, era un canto de amor a Jesús, de contemplación, de silencio interior, de una mirada tierna, de una entrega sin límites a la mortificación y al sacrificio.
Allí está ese camino sencillo al alcance de todos para lo cual hace falta, primero ante todo, cumplir bien las normas: ¡la piedad!
Un cristiano debe ser apostólico
Decía hoy mismo el Prelado (monseñor Javier Echevarría), en la misa que celebró en Roma, “también nosotros si cultivamos la amistad con Jesús en la oración personal, si frecuentamos los sacramentos de la confesión y de la Eucaristía, si acudimos a la Virgen, a los ángeles, a los santos, nuestros intercesores delante de Dios, seremos capaces”. Pero, para esto también, es necesario amar sinceramente a nuestros amigos, a nuestros compañeros, a todas las almas. ‘Un cristiano debe ser apostólico’ palabras de san Josemaría, por el año 1934, cuando pocas personas seguían ese camino. Ya él imbuido de esa fe decía, ‘los sueños se han hecho realidad, me he quedado corto’.
Hermanos, le damos muchas gracias a san Josemaría, al queridísimo don Álvaro y a tantos hermanos del Opus Dei, por su fidelidad; pero surge la pregunta ¿Y, yo? ¿Y, tú? Cada uno ora desde ese punto del camino, no te olvides de que tú y yo nos portemos como Dios quiere dependen muchas cosas grandes. ¡No te olvides!
No podemos en esta Iglesia de Cristo escondernos; hay un mandato imperativo: Predicar la palabra en todo momento y en toda circunstancia, con el ejemplo, con la doctrina, con la amistad, con el trabajo.
Una llamada a la santidad es una llamada a ser felices, a trabajar intensamente, a trabajar de un modo nuevo; ‘yo trabajo por amor a Dios, con afán apostólico, con ese desprendimiento y con esa exigencia’, ¡que se vea que trabajamos por amor a Dios!
El Opus Dei es ocasión y medio de apostolado
No todo trabajo lleva a Dios, hay mucho trabajo que precisamente hoy aleja de la familia, aleja de la vida de piedad, porque es un trabajo que invade; el trabajo del Opus Dei conduce a Dios, a la familia y es ocasión y medio de apostolado.
Por eso, es una llamada a obedecer a Dios en las tareas diarias con un horario intenso siguiendo ese mandato de amor a Dios y al prójimo, que se note en tu palabra, en tu conducta, en tu mirada, ¡que se note que eres un hijo de Dios!
Este es el gran cambio que también nos decía –con esas palabras proféticas- san Josemaría “estas crisis mundiales son crisis de santos”. Hoy lo decimos con mucha más firmeza, este mundo, esta ciudad necesita ¡de la sal y luz de quien quiere de verdad ser santo en la calle, en el trabajo, en la familia, en toda actividad humana!
De una lucha fuerte no sólo contra el pecado grave, sino también especialmente contra el pecado venial, pequeño, insidioso que tantas veces es el que dice ¡basta, no me atrevo, mejor no, mañana! Hermanos, el pecado venial deliberado, constante se come el ardor, la ilusión, es el mayor enemigo en el apostolado.
Por eso, le pedimos a san Josemaría ‘Ayúdanos a convertirnos hoy para desterrar del alma esa falsa comprensión, esa pereza’. Un estilo de vida que hemos visto hecho realidad en esta pequeña familia del Opus Dei que nos lleva a cuidar de modo muy especial los horarios familiares, el matrimonio, los hijos, los tiempos dedicados al colegio y a formarlos; la participación en ese proyecto educativo de los hijos; el tiempo dedicado a esos encuentros con Dios; el tiempo dedicado al descanso, sin temor al qué dirán. Un estilo de vida que nos llena de paz, de serenidad y que nos ayuda a acercar ¡miles de almas a Dios! En la enfermedad, en la tercera edad los ayudamos, los acompañamos, los visitamos, nos regalan una ocasión maravillosa de amar a Dios y de servir a esta familia. Son tantos –los que de una manera o de otra- por la enfermedad o por la edad tienen ocasión de hacer mucha oración en esa aparente limitación.
Respondamos al llamado de Cristo con convicción e ilusión
Cristo nos espera hoy con esa decisión total, sin temores, con esa urgencia que nos transmite desde la cruz; con el amor con que nos entrega su cuerpo en cada comunión; con la alegría que nos devuelve cada confesión; todo esto con una sola idea ¡convicción!, no son tantas cosas, es un ¡creer de verdad!, y esa fe nos mueve inmediatamente a la acción.
Nos dice el Evangelio que el asombro se había apoderado de Pedro; y recordaba yo aquellas confidencias del fundador del Opus Dei, cuando decía después de muchos años, en esa vigilia de espíritu que el Señor le concedió y que se apoderó de su alma desde aquel 2 de octubre de 1928. Y, decía “parecen resonar en mis oídos aquellas campanas de aquel templo que celebraban la fiesta de los santos ángeles custodios”, le quedaron para siempre como una campanada de vigilia, de despertar ese ardor, esa ilusión.
Ese amor que no pasa, esa entrega que no envejece, esa llamada que hoy a muchos de ustedes que han venido a esta Eucaristía, puede estar sonando esa campanada en el corazón. ¿Qué esperas?, piénsalo bien, porque él (San Josemaría) cuando vio lo que Dios le pedía se dedicó en alma, vida y corazón cada instante de su vida.
Eso le pedimos a nuestra madre, santa María, esa vigilia, ese asombro. Con estas palabras proseguiremos la santa misa para que cada uno en la soledad de su oración, de su Eucaristía, de su vida personal de entrega, que cada uno le de vueltas a esa única convicción ¡el Señor me ama, el Señor me llama!, yo no puedo quedarme a medias, no puedo dejar que nada ni nadie me aparte un poco de ese amor que me espera.
Y los invito a esa Gran Misión de Lima para que todas las almas conozcan más a Dios, el rostro humano de Dios ¡Jesucristo!, su Cuerpo Místico ¡la Iglesia! ¡vivan esa vida en Cristo, los sacramentos! En resumen una gran catequesis.
Por eso, al celebrar este aniversario, con mucha alegría les agradezco el trabajo sencillo y humilde que hacen en la Arquidiócesis, en el Perú y en el mundo entero.
¡Que Dios los bendiga! Así sea.