Estamos celebrando el Día del Papa en la Solemnidad de San Pedro y San Pablo. Es costumbre en esta fecha detenernos sobre la figura de San Pedro, el Príncipe de los Apóstoles. Esta vez, estando ya desde el día de ayer en el Año Paulino -conmemorando el bis-milenario del nacimiento del “Apóstol de los Gentiles”, me he propuesto compartir unas cuantas reflexiones sobre la figura y el magisterio de San Pablo, la segunda columna de la Iglesia de Roma, ya que el Papa, Obispo de Roma, no sólo es sucesor de Pedro sino que también, con su Magisterio de Pastor Supremo de la Iglesia Universal, es el heredero y continuador del carisma paulino como evangelizador de todos los pueblos de la tierra.
1. Nacido con el nombre de Saulo de familia judía farisea, fariseo él mismo hasta el extremo (Cfr Gál 1,14), ciudadano romano de Tarso, importante emporio griego bajo la dominación de Roma, va muy joven todavía a Jerusalén a la escuela de Gamaliel, el gran Rabí tan reconocido. Llega no mucho después de la crucifixión de Jesús. Vive en un ambiente fuertemente impregnado de odio hacia la nueva agrupación religiosa que fundara el Nazareno y que inexplicablemente había contagiado y seguía atrayendo a muchos buenos israelitas. Los Hechos de los Apóstoles presentan a Pablo como un joven, que guarda las ropas de los que apedrean al primer mártir San Esteban. Pero aquella sangre no le basta. Seguirá persiguiendo y apresando a todo el que crea en Jesús, en Jerusalén y en las ciudades vecinas, y se atreverá a pedir al Sanedrín cartas que le den autoridad para llevar la guerra hasta Damasco en Siria, fuera del territorio judío.
Pero a las puertas de Damasco ocurre el gran sismo espiritual. De repente y ante la sorpresa de los acompañantes, que ni verán ni oirán nada que pueda explicarlo, Saulo cae a tierra; una luz extraordinaria le brilla y le ciega; y una voz le interpela: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Duro te es dar coces contra el aguijón» (Hch 26,14). Es un grito de dura sorpresa, parece consciente de estar ante un ser superior, tal vez incluya rabia e indignación ante alguien que se le atreve a oponer. «Yo soy Jesús, a quien tú persigues». Es el buen pastor que va en busca de la oveja perdida y que quiere seguir perdida. Es la repetición de la palabra a Zaqueo el publicano: Baja, que tengo que albergarme en tu casa. La palabra resuena como palabra de amigo, como mano que se le tiende, como de médico que quiere ayudarle, como de padre, de madre, que ama incondicionalmente. Saulo no resiste, Saulo se entrega. Ha quedado ciego. En adelante sólo mirará y verá con la nueva visión que le dará el bautismo. Ha quedado libre, le llevan los que le acompañan, pero interiormente han caído las cadenas.
Ananías, el discípulo, recibe el aviso del ángel mientras ora y se resiste a bautizarle. A través de la voz del ángel el Señor le dirá: «Yo le he elegido para ser apóstol de los gentiles. Yo le enseñaré lo que tendrá que sufrir» (Hch 9,15-16).
El cambio es radical. De enemigo a testigo. De perseguidor a perseguido a muerte. De ciego a la experiencia mística de Cristo resucitado, que le lleva a sentirse “apóstol” y a ser aceptado como tal por Pedro y los demás. Pablo no vio ni escuchó a Jesús antes de su muerte. Lo encontró tras su resurrección a las puertas de Damasco. Fue una experiencia tan clara y tan cierta como las que tuvieron los apóstoles, que habían comido y bebido con Él, con Jesús, después de su resurrección (Hch 10,41). Tras su respuesta le llevó el Señor a los más altos grados de experiencia mística (Cfr Ef 3,14).
Para toda la Iglesia ha quedado Pablo como el paradigma y ejemplo más sobresaliente del apóstol volcado a su misión: «Ay de mí si no evangelizo» (1 Cor 9,16). No ha vacilado en afrontar incomodidades, persecuciones, azotes, prisiones, peligros de muerte en viajes y naufragios. Pero nada de eso le arredró. No perdió la alegría interior: porque con sus sufrimientos sabía que consolaría a otros (2 Cor 1,4). Entró en la viña a la hora nona, pero trabajó con un enorme coraje y gran éxito (Cfr Mt 20,1-15).
2. Anunciar a Jesús es la primera y esencial misión de la Iglesia. Cristo, en definitiva, no fundó la Iglesia sino para evangelizar; para esto se hace presente en ella hasta el fin del mundo: para seguir presente entre los hombres con su palabra y sacramentos de salvación, siendo cualquier otra cosa meramente un signo e instrumento de esta salvación que posee y tiene: Jesucristo mismo. La Iglesia estaría de sobra en el mundo si no le diese a Jesucristo, si no proclamara a todos su mensaje, si no siguiera perdonando los pecados y comunicando a los hombres la vida divina con el Bautismo y los demás sacramentos. ¡Ay de la Iglesia si no evangeliza!
Pablo, el pecador convertido, ha sido y es una de las grandes estrellas de la evangelización. Todos nosotros, hermanos, los que celebramos hoy su fiesta y participamos en este inicio del Año Paulino, sea cual sea nuestro pasado, justo o pecador, todos estamos llamados a ser evangelizadores, anunciando a Jesús a un mundo que lo necesita, porque le da el sentido de la vida, la fuerza para el bien, el gozo en el servicio, la plenitud del infinito, la comunicación del amor inmenso de Dios, manifestado en Jesucristo y presente en la Iglesia por su Espíritu.
Después de las palabras y enseñanzas de Jesús, son las de Pablo las que más nutren la teología y la vida espiritual de la Iglesia. Es a Pablo al que se le comunica más a fondo la naturaleza sobrenatural de la Iglesia y de los fieles. Es Pablo el que guarda fielmente y desarrolla lo que ha recibido: La vida del Espíritu en cada uno y en toda la Iglesia; la universalidad del pecado, la gratuidad de la redención y de la gracia que Dios, en su amor misericordioso, comunica a todos los hombres, redimidos por Jesucristo, único Salvador del mundo; la esperanza de una vida feliz sin fin compartida con todos los salvados.
Muchas y maravillosas fueron las cosas que el Señor le fue mostrando, y la primera fue lo dicho a Ananías: «Lo que tendrá que padecer por mi nombre». Porque Pablo no irá de triunfo en triunfo conquistando almas para Cristo. «No fui con el prestigio de la sabiduría a anunciarles el misterio de Dios -recordará a los Corintios-, pues no quise saber entre ustedes sino a Jesucristo y a éste crucificado» (1 Cor 2,1-2). «Atribulados en todo, mas no aplastados; perplejos, mas no desesperados; perseguidos, mas no abandonados; derribados, mas no aniquilados. Llevamos siempre en nuestros cuerpos por todas partes el morir de Jesús» (2 Cor 4, 8-12). «¡Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo es para mí un crucificado y yo un crucificado para el mundo!... Llevo en mi cuerpo las estigmas de Jesús» (Ga 6, 14.17).
Nos paralizamos, los humanos, ante el sufrimiento. Para no sufrir, no ayudamos, tantas veces, al hermano necesitado, no refrenamos nuestros egoísmos, nuestros buenos deseos se quedan en meras palabras... Para no sufrir, no nos esforzamos suficientemente para hacer el bien, para ser mejores, para construir una familia mejor, una sociedad mejor, una Iglesia mejor.
Pablo entendió y vivió como propio el misterio de Cristo que se entregó por la salvación de cada hombre: «Estoy crucificado con Cristo: vivo yo, pero non soy yo, es Cristo quien vive en mí. Y mientras vivo en esta carne, vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí» (Gal 2, 20).
A resucitar con Cristo sólo se llega si se ha muerto con Él en la cruz. En Cristo, muerte y resurrección van juntas; la primera está en función de la segunda. Jesucristo no sería el Salvador del mundo si después de la muerte en la cruz no hubiese resucitado. «Si Cristo no resucitó -escribe Pablo a los Corintios-, vacía es nuestra predicación, vacía también vuestra fe. ... Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más desgraciados. ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos» (1 Cor 15, 14. 19-20). Es decir, que también nosotros los que hemos muerto con Cristo en el bautismo resucitaremos con Él. Esta es la predicación completa de Pablo: Cristo, Hijo de Dios hecho Hombre, muerto y resucitado por la salvación del mundo. «Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os prediqué, que habéis recibido y en el cual permanecéis firmes, por el cual también sois salvados. ... Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas [Pedro] y luego a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez... Y en último término se me apareció también a mí, como a un abortivo» (1 Cor 15, 1-8).
3. «A mí, el menor de todos los santos, me fue concedida esta gracia: la de anunciar a los gentiles la inescrutable riqueza de Cristo» (Ef. 3, 8) Es una gracia, una suerte poder anunciar la inescrutable riqueza de Cristo resucitado, el Viviente. Nadie hay pequeño ni excluido para ello; ni el que llegó a primera hora, ni al que sólo le queda una hora. Es una gracia. Todos la hemos recibido, todos debemos hacerla producir. «Por eso doblo mis rodillas ante el Padre, para que les conceda a ustedes, según la riqueza de su gloria, que sean fortalecidos por la acción de su Espíritu en el hombre interior» (Ef 3,14).
Ésta es la primera necesidad de los apóstoles: ser hombres con profundidad interior, en cuyos corazones, por la fe, habite Cristo «para que, arraigados y cimentados en el amor, puedan comprender ... cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento para que se vayan llenando hasta la total plenitud de Dios» (Cfr Ef 3, 17-19).
Pablo no está meramente sumergido en la acción. Él es un hombre de oración profunda, fortalecido desde dentro, convertido en Cristo mismo y cimentado en su amor. Para el gran Apóstol de las gentes «doblar sus rodillas ante el Padre» es un gesto habitual, cotidiano, un gesto vital.
Hoy la Iglesia y la humanidad necesitan más oración. Es preciso que cada hombre y cada mujer ore más; que se ore en las familias; que se ore en las escuelas y en los lugares de trabajo; que se ore en los grupos de reflexión y acción apostólica; que se ore en donde hay dolor y soledad; que oren los niños inocentes y los ancianos doblados bajo la carga de los años y por mucho luchar... Sin oración no hay vida en Cristo, muerto y resucitado, no hay salvación. Nunca es el hombre tan grande como de rodillas ante Dios.
Cristianos todos, los que estamos aquí, a ejemplo de Pablo, consolidemos el cimiento de la vida con la oración y la acción, fortalecidos en la fe, encendidos en el amor, para darle una inyección de esperanza verdadera a nuestro mundo, a toda la familia humana.
4. El Santo Padre Benedicto XVI en su luminoso magisterio, del cual uno de los momentos más altos es su segunda Encíclica “Spe salvi” ( “Salvados en la esperanza”), observa cómo en la sociedad y en la cultura de hoy no sea fácil vivir en el signo de la esperanza cristiana. Algunos ponen sus expectativas de grandes novedades y mejoras en las ciencias y las tecnologías, pero «éstas no pueden dar sentido a nuestra vida y no nos pueden enseñar a distinguir el bien del mal. Por eso, “no es la ciencia la que redime al hombre. El hombre es redimido por el amor. Eso es válido incluso en el ámbito puramente intramundano” (Spe salvi, 26 ) » .
La civilización y la cultura modernas tienden con frecuencia «a poner a Dios entre paréntesis, a organizar la vida personal y social sin Él, y a considerar que no se puede conocer nada de Dios, o incluso a negar su existencia. Pero cuando se abandona a Dios ... todas nuestras grandes y pequeñas esperanzas se apoyan en el vacío». Por eso «para educar a la esperanza, sobre todo es necesario abrir a Dios nuestro corazón, nuestra inteligencia y toda nuestra vida, para ser así, en medio de nuestros hermanos, sus testigos creíbles» (Benedicto XVI, Inauguración del Congreso eclesial de la Diócesis de Roma, 9 de junio de 2008).
La conciencia aguda y difusa de los males y de los problemas de nuestra sociedad debe despertar la voluntad de realizar un esfuerzo común. Cada uno tiene que aportar su contribución específica, comenzando por la educación y la formación de la persona, afrontando con espíritu constructivo los otros numerosos problemas concretos que dificultan la vida de muchos ciudadanos: la familia, la acogida de la vida, las personas ancianas, el trabajo, la casa, la salud, la seguridad... (cfr Ibiden).
Que el Año Paulino, abierto ayer en las Primeras Vísperas de la Solemnidad hodierna por Su Santidad Benedicto XVI, sea para todos nosotros, para la Iglesia universal y para la Iglesia en América Latina -que ya se encuentra comprometida en la gran misión convocada por la Conferencia General de Aparecida- un año especialmente evangelizador, en el cual se ofrece clara a todos la salvación que está en la fe en Jesucristo y en el amor que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado.
Con razón podemos vernos ante Jesús, que nos pregunta como a Pedro: «¿Me amas?».
Tengamos el humilde valor de responder: «Señor ¡Tú lo sabes todo! ¡Tú sabes que te amo!».
Que este Año Paulino sea pues un año de gracia, un año de fe y de esperanza, un año en que Cristo se posesione definitivamente de todo nuestro ser, de nuestras familias, de nuestras parroquias y comunidades, de nuestro querido Perú y del mundo entero, redimido por su preciosísima sangre.
Que San Pedro y San Pablo, las dos columnas fundacionales de la Iglesia de Roma, obtengan del Señor Jesús, cimiento y jefe invisible de la Iglesia, gracias abundantes al Santo Padre Benedicto XVI, para que con su luminoso magisterio siga guiando eficazmente la comunidad de los creyentes, confirmándola en la fe en Cristo muerto y resucitado, e inspirando a todos los hombres de buena voluntad sentimientos y propósitos de paz y de fraternidad.
Que María Santísima, Estrella de esperanza y Reina de los Apóstoles, interceda para ello. Amén.
+Rino Passigato
Nuncio Apostólico