Homilía en Fiesta del Beato Álvaro del Portillo

sábado, 12 mayo 2018

Homilía del Cardenal Juan Luis Cipriani
Fiesta del Beato Álvaro del Portillo
Sábado 12 de mayo de 2018
Parroquia San Josemaría Escrivá

Padre Emilio Arizmendi, Vicario Regional del Opus Dei en el Perú, padre Rafael Sevilla, párroco de esta parroquia de San Josemaría Escrivá; queridos hermanos en Cristo Jesús.

Nos reúne la memoria del beato Álvaro del Portillo, obispo y primer sucesor de San Josemaría. Y unas palabras de San Juan de la Cruz nos pueden ayudar meditar en la presencia de Dios algunos aspectos de la vida de Don Álvaro. Dice San Juan de la Cruz que las criaturas, las personas son como una huella o como un rastro del paso de Dios. Por esta huella se puede rastrear la grandeza, el poder, la sabiduría y todos los atributos de Dios… Las criaturas marcamos una huella, marcamos un rostro, un rastro de Dios, la huella es tu trabajo, tu familia, tu esfuerzo, pero dejas una huella. Y en esa huella podemos mirar los demás cuán grande es Dios, ese es el tema, habrá gente que dejará una huella que no se sabe de dónde viene, pero dejará su huella. En el caso de Don Álvaro, ese rastro, esa huella, por donde la vemos nos conduce a Dios, por eso podemos decir que Dios ocupaba en su alma todo, y por eso podemos decir que ese mensaje del Opus, de hacer divinos los caminos humanos de la tierra, hay que dejar la huella divina- humano, el trabajo, la enfermedad, el estudio, pero ahí deja una huella, ¿cómo lo hace?, ¿lo hace bien?, ¿lo hace con humildad?, ¿lo hace por servir a los demás?, ¿o es un canto, un egoísmo?, ¿qué huella dejamos en nuestro paso en la tierra? Qué bonita está expresión de San Juan de la Cruz, las criaturas somos como una huella, pues Don Álvaro dejó [una huella] y en su vida fue como un espejo en donde se reflejaba la capacidad profesional, el esfuerzo apostólico, la fortaleza, la sencillez, míralo por donde tú quieras pero tendrás este reflejo, esa huella, no es él, es Cristo que habita en él, y es lo que la Iglesia reconoce cuando dice que es Beato, es Santo, reconoce que en ese hombre, en sus obras, en todo podemos ver como un espejo a Dios.

Los santos iluminan, los santos traducen ese Dios invisible y nos los ponen al alcance y eso es lo que todos, creemos que, de alguna manera en nuestra vida, tenemos que luchar para lograr. Y vemos como en la vida de Don Álvaro se refleja esa bondad, esa sabiduría de Dios creador, sí, es una criatura y es un creador; de un hijo de Dios, si porque por el bautismo somos todos incorporados para ser hijos en el Hijo, hermanos en Cristo, y ese Cristo es el que nos deja aquí en la tierra para trabajar, para querer, para sonreír, como hacer una buena familia, como educar a los hijos. Es Jesús, ese verbo del Padre, esa palabra, ese rostro humano del Padre que Don Álvaro y que nosotros procuramos conocer, que procuramos vivir día a día.

Y Don Álvaro decía que todo esto lo he aprendido por el camino regular, por el lugar por donde marca el protocolo y decía a través de San Josemaría el vio el amor a Jesús, el amor a Dios Padre, el vio el amor a la Iglesia, a través de él fue siguiendo a Cristo y a nuestro Padre Dios. Por eso siempre veíamos en Don Álvaro que predicaba lo que vivía, nunca decía algo que él no procuraba vivir, y lo decía con tanta frecuencia: la felicidad que todos buscamos es ver a Dios, y tú me dirás ¿en estos tiempos no tiene, usted una idea un poco mejor? No, no tengo porque justamente en tiempos de tanto movimiento, de tanto cambio, de tantas opiniones, de tantas originalidades, es cuanto más tenemos que entrar al fondo: yo quiero ver a Dios, que es lo eterno, lo permanente, siempre. Y viendo a ese Dios el me conducirá a amar a mis hijos, a mis padres, a mi esposa, a mis hermanos, me llevará a buscar la justicia, a buscar la verdad, a estudiar, a ayudar a la gente más humilde, me ayudará. Lo que Dios no va admitir es que lo encierres en tu egoísmo de tu intimidad con él, no lo va permitir, no existe ese peligro, salvo que estemos locos, puede ser que un loco se le ocurra, pero los que no estamos locos si logramos esa intimidad con Dios, ver a Dios, estar con Él, inmediatamente ese Dios te va decir como en la fiesta de mañana [La Ascensión del Señor] ¿qué hacen mirando al cielo? Anda al mundo, a todos los rincones entiendan o no te entiendan, porque qué quieren tus amigos, qué quieren todos, qué quiero yo, muéstrame a Dios, que yo vea a Dios en ti, me ayuda mucho. Este es el gran tema de hoy, es el gran tema que Don Álvaro lo vivió de una manera muy natural para él lo natural era mostrar a Dios.

Por eso siempre vemos como en sus predicas, su trabajo, su misio, todo lo aprende de San Josemaría y también aprende esa libertad, Josemaría no me dice que sea como él, yo tengo mi personalidad, soy ingeniero, tengo unas aficiones, tengo una manera de ser, San Josemaría tiene una facilidad de palabra que yo no tengo, San Josemaría tiene un manejo de la gente que yo no tengo, reconocía y decía que era tímido. Y él tenía una fortaleza intelectual que pudo desarrollar al servicio de la Iglesia, tenía una serenidad y una paz, tenía su sello, su rastro, y por eso cuando vemos en él esa certeza de lo que tenemos que hacer en esta vida es ganar la eternidad. Don Álvaro estaba tan seguro de ello que por eso tenía una paz habitual, nada te puede quitar la paz cuando tienes la certeza: yo voy hacia el cielo, pero ojo la escalera para ir al cielo, está aquí. Yo no puedo ir al cielo si tengo un mal carácter, si soy flojo, si no me preocupan los demás, sino cambio, no busquemos un cielo místico, hay una escalera y hay que ir subiendo día a día con mucha paz.

Y por eso también en Don Álvaro veíamos ese buen humor, el Papa lo está diciendo ahora, me gusta mucho porque se lo había escuchado siempre a San Josemaría, a Don Álvaro y a Don Javier, el buen humor, cuando decía San Josemaría, que, en esos comienzos de la obra, algunos comentaban: ¿ustedes hacen algún voto de alegría? Y es que la gente cuando iba a frecuentar esos primeros lugares del Opus Dei, veía una alegría, y yo te pregunto: ¿en tu casa, en tu familia, en tu trabajo, preside el buen humor? Tu buen humor es el gran atractivo para que la gente se acerque a Dios. Miren como se quieren, decía Tertuliano, los primeros siglos de la Iglesia. Pues en el beato Don Álvaro era muy fácil: Mira cómo te quiere, mira cómo te mira, y me dirán: Usted explicando a un ser muy extraño, no, no lo des tantas vueltas y practícalo, esmérate en estar de buen humor, en infundir la paz, en saber escuchar, en trasmitir serenidad, en tener esa fortaleza, nada ni nadie me hace temblar porque busco a Dios. En esa humildad que jamás sentías en él a un hombre superior, jamás, era todo lo contrario por eso atraía a tantos. Y hoy queremos decirle a Don Álvaro, ayúdanos para aprender de ti, amar a la Iglesia, amar a Cristo, y amar a María. Con esa sonrisa habitual que refleja el estado del alma, el que sonríe de modo habitual es el alma que está en paz, hay que esmerarnos para que toda esa maravilla de la huella de tener a Dios con nosotros, la demás gente lo vea de manera sencilla, el buen humor, la alegría, la paciencia, lo que tengas, pero que no haya que adivinar, sino que se vea, que se toque, como decía el Papa Francisco cuando estuvo hace poco en Lima y decía: He visto y he tocado un pueblo creyente que me ha manifestado su ternura, su entusiasmo, pues gracias a Dios que lo vio y lo tocó.

Pues igual le pido yo a don Álvaro, danos un poco de esa maravilla, que no nos de miedo el esfuerzo y la cruz, y le pedimos hoy para terminar que, junto a San Josemaría y Don Javier, nos bendiga para ser fieles, para amar a la Iglesia, para amar a Jesucristo, para amar a todas las almas, y para luchar las batallas de Dios que siempre son bonitas, pero lucharlas. Que Dios bendiga a todos y es una ocasión muy buena para decir al Señor bendice al Opus Dei, que siempre lo has tratado con tanto cariño y que le has dado esas muestras de santidad, ese es todo lo que quiere el mensaje del Opus Dei, en el mundo, sembrar la santidad de lo ordinario, de la sonrisa y del buen humor. Y recen por el obispo que es también una señal del Opus Dei, estar siempre muy unidos a la jerarquía de la Iglesia, y por el Papa Francisco que nos gobierna.

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