Homilía en Ordenación Diaconal

sábado, 15 septiembre 2018

Homilía del Cardenal Juan Luis Cipriani
Ordenación Diaconal
Basílica Catedral de Lima
– Sábado 15 de septiembre de 2018 –

Obispos auxiliares, sacerdotes concelebrantes, hermanos nuestros que van hacer ordenados diáconos, hermanos todos en Cristo.

Nos reunimos hoy para un momento muy importante de la vida de la Iglesia donde la acción del Espíritu Santo a través del obispo concederá a estos hermanos nuestros esa capacidad, ese ser diáconos con un ministerio muy concreto que la Iglesia les encomienda.

El gran mandato de hoy es aquel que Jesucristo mismo nos dice, El Hijo del Hombre no ha venido para que lo sirvan sino para servir. Esta palabra, esta actitud define de una manera profunda lo que es la función, no sólo de un diacono sino de un sacerdote, de un obispo, del Santo Padre, de todos servicio, servicio, servir a Dios, servir a la Iglesia, y servir a sus hermanos.

Para servir a Dios, para eso se requiere una lucha constante para morir al pecado, y para eso la humildad y para crecer en la humildad, la sinceridad, y la sinceridad es la obra de la oración, de ahí arranca todo en la Iglesia, todo, toda la vida de cualquiera desde el ultimo recién bautizado hasta el Santo Padre, todo tiene su fundamento en la oración, una oración bien hecha, una oración donde haya un diálogo, Dios que te busca, que me busca y tú que le hablas.

Recordemos ese antiguo testamento cuando se hablaba con Dios, no se levantaba la mirada, era tal la reverencia, era tal el misterio de lo sagrado, pues hermanos que se van ordenar diáconos, oración, todos los días, oración bien hecha, recogimiento, de ahí arranca todo.

Esa oración les ayudará a ser sinceros porque luchas hay, batallas hay, debilidades hay, y para afrontarlo la sinceridad, sinceridad con Dios, sinceridad en la dirección espiritual, sinceridad contigo mismo y para eso humildad, no estamos frente a personas que tienen una especia de fuerza especial, el que quiere ser de verdad un discípulo de Cristo, que sirva, que no atropelle, he venido a servir, servir a la Iglesia conociendo las enseñanzas y obediencia las enseñanzas.

Hay una enorme tarea en estos tiempos de confusión, que brille la luz del mensaje de Cristo, que no hablemos de nuestra sabiduría sino la de Él, y para eso conocer de manera especial el Catecismo de la Iglesia Católica. Servir a la Iglesia, obediencia las normas de la liturgia, tratando con cariño y respeto los sacramentos, cuidando la unidad de doctrina, la unidad de amor y fraternidad con el Papa y con los obispos, servicio a la Iglesia humilde, sacrificado, hacer y desaparecer, que solo Dios permanezca.

Este servicio a los demás que tanta veces expresa en la predicación, que no sea por la enorme capacidad de hablar sino por el testimonio, que la gente pueda decir, el habla de lo que vive, el habla de lo que Cristo nos enseña, el habla de lo que los padres de la Iglesia hicieron los primeros siglos, ese ejemplo es una urgencia en la Iglesia de hoy.

Dar ejemplo atendiendo a los más necesitados, a los más abandonados, como nos enseña el Catecismo practicando las obras de la misericordia, instruir, consolar, confortar, sufrir, esas obras de la misericordia espirituales, enseñar la doctrina de la Iglesia, instruir con la palabra de Dios, confortar con la oración, no estamos, y es bueno recordarlo también hoy, no estamos en una organización social que cubre unas necesidades, ¡no!, servimos al pueblo de Dios en nombre de Cristo, seguimos los mandatos de Cristo, no suplimos una tarea social, es una tarea que Cristo ha querido dejarla a su Iglesia, obedezcamos.

y en esas obras de misericordia corporales, darle de comer al hambriento, dar techo al que no tiene, vestir al desnudo, visitar al enfermo y al preso, enterrar a los muertos, estas son las obras que al inicio de la Iglesia llamaban la atención a ese pueblo pagano que estaba dominado por tantas y tantas religiones, veían que los apóstoles se querían, se ayudaban, se visitaban, que procuran la comida para el que no tenía, la ropa, visitaban a los enfermos, entonces llamaban la atención [y la gente se preguntaba] ¿Qué les mueve a ser tan buenos? El amor de Dios, entonces se rompe ese esquema puramente horizontal y empiezan a decir que esta gente obedece a alguien, a Cristo y empieza la predicación. ¿Y quién es ese Cristo? Y ves a los mártires porque están predicando el reino de Dios, al Hijo de Dios hecho hombre y resucitado y a una eternidad que no se detiene ni ante el poder humano, ni ante el pecado, ni ante la enfermedad, que va más allá, pues eran una revolución para los que querían a ser de este mundo un reino. Los apóstoles le dicen al pueblo: Estamos siguiendo a Cristo, aquel que ustedes mataron, aquel que predico en Jerusalén, aquel que vivió en Nazaret, a ese que ustedes mataron, ¡Arrepiéntanse! Muchos se convierten pero qué hace la autoridad, qué hace el poder establecido, que siempre lo habrá, lo mata, mártires, 300 años de años de mártires son el ambiente donde crece la semilla de la Iglesia Católica.

Por eso hermanos que van a ser ordenados diáconos, obras de misericordia que hablen de esa presencia de Cristo vivo, sean buenos, actúen en nombre de Cristo, reconozcan esa debilidad, no tengan miedo, sean sinceros, la gracia de Dios siempre será suficiente para que sean fieles, santos.

Hermanos y en estos tiempos, esta promesa del celibato por el reino de los cielos, reciben ustedes un don, no es que sean más capacitados, no es que seamos una familia muy especial que cuida la santa pureza de una manera especial, es un don, y el don hay que recibirlo, hay que cuidarlo, y hay que construirlo día a día vigilando los sentidos, vigilando la imaginación, vigilando esa conducta limpia, transparente, si nos alejamos de Dios caemos, y caemos en ese escándalo que mueve al pueblo entero.

No venimos de un lugar diferente, tenemos una gracia muy especial, un regalo de Dios pero lo recibimos en vasos de barro, si descuidamos ese regalo de Dios somos capaces de hacer las mayores barbaridades del más grande pecador en el mundo, hay que tenerlo claro, y todo esto hermanos es amor, y ese amor, hoy, contemplando a nuestra Madre, la Virgen Dolorosa que la tenemos aquí, ¿por qué no aceptamos la cruz, Madre nuestra? ¿Por qué el mundo de hoy busca dinero, placer, poder, corrupción, mentira, odio, envidia? ¿Qué pasa madre mía? Nos hemos alejado de tu Hijo, te pedimos que nos cojas de la mano, no nos abandones Madre mía, ten compasión, búscanos, ayúdanos, perdonamos, convéncenos de que tu hijo siempre estará a nuestro lado, y veo ese rostro de María que sufre porque hemos abandonado a su Hijo, y los hemos abandonado todos, sacerdotes, obispos, cardenales fieles, matrimonios, familias, nos hemos olvidado de rezar, nos hemos olvidado de ser humildes y acudir a la confesión y queremos hacer una religión a nuestra manera, es inútil, no sirve para nada. La única religión verdadera es la de Cristo. Por eso Madre mía, cuídanos, son tuyos, a ustedes pueblo de Dios, cuiden a sus sacerdotes, recen por ellos, exijan esa unidad de Cristo, esa disponibilidad.

Una palabra final, saludo a las familias, la Iglesia, con cuánta alegría les agradece, parte de su corazón la entregan a Dios de una manera muy especial, motivo de gozo, motivo de agradecimiento, de saber que mi hijo que vi pequeño, y luego crecer, hoy el Señor lo escoge, sigan cuidándolos.

Al Seminario que con tanto empeño los ha formado en estos años, sus formadores, a todos los sacerdotes, a todos los fieles, es un día de fiesta para la Iglesia en Lima porque 5 hermanos nuestros dan ese paso decisivo camino al presbiterio, que Dios los bendiga, así sea.

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