Yo soy el Pan vivo bajado del cielo, el que coma de este pan vivirá para siempre(Juan 6, 51).

Jesús prometió antes de ascender al cielo: “yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20), y se quedó en las especies de pan y vino. Una vez consagrado el pan y convertido en el cuerpo de Cristo, él se queda con nosotros como compañero y amigo, ya que al hacer el milagro de la Consagración Él no puso límite de tiempo, simplemente dijo: “este es mi cuerpo”.

El dogma de la Eucaristía nos enseña que Jesús está en el Santísimo Sacramento del altar con su cuerpo, alma, sangre y Divinidad. El concilio de Trento enseña: “Después de la consagración del pan y del vino, nuestro Señor Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, está contenido verdaderamente, realmente y substancialmente bajo la especie de aquellas cosas sencillas”.

Jesús está presente lo mismo en la especie de pan, que en la especie de vino o que en las dos especies, por eso cuando recibimos la hostia Santa, recibimos el Cuerpo de Jesús y como ese cuerpo está vivo tiene sangre y tiene su alma a la que está unida inseparablemente la Divinidad.

Cuando recibimos su sangre, como es la sangre de Jesús vivo está unida también a su cuerpo, alma y Divinidad. Por consiguiente, en ambos casos recibimos a Jesús real y verdaderamente presente.

Por eso, podemos llamar a la Eucaristía “Dios con nosotros”. Debemos aprovechar la presencia del mejor amigo para tener en él al confidente que tanto necesitamos. Por su parte, la Iglesia quiere que donde esté el Santísimo Sacramento haya siempre prendida una lucecita y quiere también que todos los días se abra la puerta de ese templo para que los fieles puedan ir a adorarlo y hacerle un rato de compañía. No olvides nunca que lo más importante, en cualquier templo, es el Sagrario, porque en él están las hostias consagradas en las cuales está realmente presente Jesús.

Una hora de oración se convierte en una hora Santa, si lo haces en presencia de Jesús Sacramentado. Dios quiere poner fin a este tiempo de pruebas y tribulaciones. Él desea establecer un reino de paz y justicia, pero está esperando que pongamos de nuestra parte. Si nos limitamos a hacer solo lo regular, entonces podemos esperar las bendiciones normales de Dios. Únicamente cuando estemos dispuestos a hacer lo extraordinario, obtendremos con seguridad las bendiciones extraordinarias de Dios. Y la adoración perpetua al Santísimo Sacramento, es el esfuerzo extraordinario que Dios nos pide hoy.

El Siervo de Dios Juan Pablo II nos dijo en el Año de la Eucaristía: “He querido que este año estuviera dedicado particularmente a la Eucaristía. En realidad, todos los días, y especialmente el domingo, día de la Resurrección de Cristo, la Iglesia vive de este Misterio. Pero en este año de la Eucaristía se invita a toda la comunidad cristiana a tomar conciencia más viva del mismo con una celebración más sentida. Con una adoración prolongada y fervorosa, con un mayor compromiso de fraternidad y de servicio a los más necesitados”.

“La Eucaristía es un signo de que tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él, no perezca (Jn 3, 16). En la Eucaristía, Jesús amó a los suyos hasta el extremo. Cada hombre puede decir: Me amó y se entregó a sí mismo por mí (Gal 2, 20). Es necesario anunciar este gran amor “Anunciamos tu muerte; proclamamos tu resurrección: ¡Ven Señor Jesús!

Sabed que estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28, 20).

Seguimos con las palabras de Juan Pablo II: “Reunidos ante la Eucaristía experimentamos con particular intensidad la verdad de la promesa de Cristo: ¡Él está con nosotros”…

“… La Eucaristía, luz y vida del Nuevo Milenio”. El tema nos invita a considerar el Misterio Eucarístico, no solo en sí mismo, sino también en relación a los problemas de nuestro tiempo.

¡Misterio de luz! De luz tiene necesidad el corazón del hombre, oprimido por el pecado, a veces desorientado y cansado, probado por sufrimiento de todo tipo. El mundo tiene necesidad de luz en la búsqueda difícil de una paz que parece lejana al comienzo de un milenio perturbado y humillado por la violencia, el terrorismo y la guerra…”.

¡Misterio de vida! ¿Qué aspiración puede ser más grande en la tierra? Y, sin embargo, sobre este anhelo humano universal se ciernen sombras amenazadoras: la sombra de una cultura que niega el respeto de la vida en cada una de sus fases; … y tampoco podemos olvidar que no sólo de pan vive el hombre (Mt 4,4) necesitamos el Pan Vivo bajado del Cielo (Jn 10, 10) abriéndonos a la lógica del amor y del compartir…”

El Papa Benedicto XVI nos dice en su exhortación apostólica Sacramentum Caritatis (Sacramento de amor): “… La misión para la que Jesús ha venido llega a su cumplimiento en el Misterio pascual. Desde lo alto de la cruz, donde atrae todo hacia sí (cf. Jn 12, 32), antes de entregar el espíritu dice: “todo está cumplido” (Jn 19, 30)…

… En el Misterio pascual se ha realizado verdaderamente nuestra liberación del mal y de la muerte. En la institución de la Eucaristía, Jesús mismo habló de la “nueva y eterna alianza”, estipulada en su sangre derramada (cf. Mt 26, 28; Mc 14, 24; Lc 22, 20). Esta meta última de su misión era ya bastante evidente al comienzo de su vida pública. En efecto, cuando a orillas del Jordán, Juan Bautista ve venir a Jesús, exclama: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 19). Es significativo que la misma expresión se repita cada vez que celebremos la Santa Misa, con la invitación del sacerdote para acercarse a comulgar: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Señor”. Jesús es el verdaderoCordero Pascual que se ha ofrecido espontáneamente a sí mismo en sacrificio por nosotros, realizando así la nueva y eterna alianza. La Eucaristía contiene en sí esta novedad radical, que se nos propone de nuevo en cada celebración.

… Con su palabra, y con el pan y el vino, el Señor mismo nos ha ofrecido los elementos esenciales del culto nuevo. La Iglesia, su Esposa, está llamada a celebrar día tras día el banquete eucarístico en conmemoración suya. Introduce así el sacrificio redentor de su Esposo en la historia de los hombres y lo hace presente sacramentalmente en todas las culturas. Este gran misterio se celebra en las formas litúrgicas que la Iglesia, guiada por el Espíritu Santo, desarrolla en el tiempo y en los diversos lugares…

… Por el Sacramento Eucarístico, Jesús incorpora a los fieles a su propia “hora”; de este modo nos muestra la unión que ha querido establecer entre Él y nosotros, entre su persona y la Iglesia. En efecto, Cristo mismo, en el sacrificio de la cruz, ha engendrado a la Iglesia como su esposa y su cuerpo… El contemplar “al que atravesaron” (Jn 19, 37) nos lleva a considerar la unión causal entre el sacrificio de Cristo, la Eucaristía y la Iglesia. En efecto, la Iglesia “vive de la Eucaristía”. (31) Ya que en ella se hace presente el sacrificio redentor de Cristo… La Eucaristía es Cristo que se nos entrega, edificándonos continuamente como su cuerpo…

… La Eucaristía es, pues, constitutiva del ser y del actuar de la Iglesia. Por eso, la antigüedad cristiana designó con las mismas palabras Corpus Christi el Cuerpo nacido de la Virgen María, el Cuerpo eucarístico y el Cuerpo eclesial de Cristo…

… A veces no se percibió de manera suficientemente clara la relación intrínseca entre la Santa Misa y la adoración del Santísimo Sacramento. Una objeción difundida entonces se basaba, por ejemplo, en la observación de que el Pan eucarístico no habría sido dado para ser contemplado, sino para ser comido. En realidad, a la luz de la experiencia de oración de la Iglesia, dicha contraposición se mostró carente de todo fundamento. Ya decía San Agustín: Nadie come de esta carne sin antes adorarla (…) pecaríamos si no la adoráramos.

… En efecto, en la Eucaristía el Hijo de Dios viene a nuestro encuentro y desea unirse a nosotros; La Adoración Eucarística no es, sino la continuación obvia de la celebración eucarística, la cual es en sí misma el acto más grande de adoración de la Iglesia. Recibir la Eucaristía significa adorar al que recibimos. Precisamente así, y solo así, nos hacemos una sola cosa con Él y, en cierto modo, pregustamos anticipadamente la belleza de la liturgia celestial.

La Adoración fuera de la Santa Misa prolonga e intensifica lo acontecido en la misma celebración litúrgica. En efecto, “solo en la Adoración puede madurar una acogida profunda y verdadera. Y precisamente en este acto personal de encuentro con el Señor madura luego también la misión social contenida en la Eucaristía y que quiere romper las barreras no solo entre el Señor y nosotros, sino también y sobre todo las barreras que nos separan a los unos de los otros.

… Por eso, además de invitar a los fieles a encontrar personalmente tiempo para estar en oración ante el Sacramento del altar, pido a las parroquias y a otros grupos eclesiales que promuevan momentos de Adoración comunitaria. Obviamente, conservan todo su valor las formas de devoción eucarística ya existentes”…